Entréguele al asesor el control de la encuesta.
Déjelo decidir a qué clientes se la aplica, a cuáles no y en qué momento hacerlo.
Probablemente verá cómo el indicador empieza a subir.
Pero no necesariamente por las razones que, como líder, quisiera.
Y esto es mucho más común de lo que parece.
En estos años he visto muchas veces al asesor pedirle al cliente que diligencie la encuesta y, acto seguido, decirle prácticamente qué calificación debería poner:
“Si me puede calificar con 9 o 10, se lo agradezco.”
“Por favor póngame la máxima calificación porque una nota menor me afecta.”
“Recuerde que solo 9 y 10 cuentan como buena calificación.”
En ese momento ya no estamos midiendo experiencia.
Estamos condicionando la respuesta.
Y si además el mismo asesor puede decidir a qué clientes les envía la encuesta y a cuáles no, el sesgo es todavía mayor.
El cliente satisfecho recibe la encuesta.
El cliente molesto, probablemente no.
El asesor aprende rápidamente cuáles interacciones le conviene medir y cuáles es mejor dejar por fuera.
Entonces ocurre algo peligroso:
el NPS sube, pero la experiencia no necesariamente mejora.
El problema no está en el indicador.
Está en cómo se captura la información y en los incentivos que construimos alrededor de ella.
Porque cuando una persona siente que una mala calificación afecta directamente su desempeño, su bono o su evaluación, es natural que intente proteger el número.
Y ahí el indicador deja de ser una herramienta para entender al cliente y empieza a convertirse en una meta que hay que defender.
Un NPS alto puede verse muy bien en un comité.
Pero si fue influenciado, seleccionado o condicionado, puede estar escondiendo exactamente los problemas que la organización necesita descubrir.
La pregunta no debería ser únicamente:
¿Cuánto subió nuestro NPS?
También deberíamos preguntarnos:
¿Qué tan confiable es la forma en que lo estamos midiendo?